Contra la Navidad

Elegimos por instinto un restaurante alargado y abarrotado de iconos locales. Una vitrina colgada en la pared exponía cuatro pistolas descolocadas y polvorientas, y a su lado un cuadro de Jesucristo contrastaba con la escena. Cenamos con cubertería de acero doblado y rodeados de banderitas y banderas. Ivan, Lola y yo elegimos un país musulmán para pasar las Navidades.

Ivan quiere ser vegetariano así que elegimos como principal un despliegue de platillos vegetales para armar nuestro propio kebab. Lola quería probar la carne así que pedimos un poco de cordero pinchado en palos. A nuestro lado, a lo largo de las mesas contiguas, había tres parejas heterosexuales de la zona. Para ellos, por supuesto, no era nochebuena, y para nosotros, tampoco tanto. Nos sorprendió que las mujeres estaban gradualmente tapadas: una lucía el pelo suelto, otra llevaba un hijab, y la última llevaba un niqab. Desde luego que la escena nos sacaba del espíritu navideño del que veníamos huyendo. 

Nos contamos cómo habría sido nuestra Nochebuena si, como todos los años hasta ahora, la hubiéramos pasado con nuestras familias. Cada historia era más ridícula o deprimente, y con ello nos sentimos agradecidos de haber podido elegir dónde estábamos.

No es solo un esfuerzo material ni damos por sentado el privilegio de poder viajar sin muchos trámites. También hemos tenido que romper, en mayor o menor medida, con una tradición, con los convencionalismos y la deuda y culpa que llevamos dentro. 

No estoy muy acostumbrada a regalos en Navidad (y tampoco en Reyes) desde hace muchos años. Pero este año me he regalado el mejor regalo del mundo: la libertad. La sensación de libertad, de elegir, de trazar mi propio camino sin ataduras. Y mis amigos también lo han hecho. Y lo mejor de todo, como dijo el rey en su discurso, que lo hemos hecho juntos. 


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